En el corazón del Valle Central de Chile, más allá de la moderna expansión de Santiago, se extienden tierras envueltas en silencio e historia. Allí, en la comuna de Talagante —cuyo nombre proviene del quechua Talacanta, “Lazo del Mago”— nació en 1997 un proyecto que cambiaría la forma de entender el vino chileno: Viña Telleiry.
Un pionero de la vitivinicultura orgánica
Detrás de este proyecto está José Teillery, un nombre que hoy es referente ineludible cuando se habla de vinos orgánicos en Chile. Con más de 50 años vinculado a la producción orgánica, Teillery fundó su viña con un propósito claro: cultivar uvas sin el uso de químicos en su mantención, buscando una armonía real con la naturaleza.
Ese compromiso se tradujo, en 2008, en un hito para la industria: la elaboración del primer vino 100% orgánico de Chile, producido con uvas orgánicas y sin adición de sulfitos. El logro no quedó solo en la práctica productiva, sino que fue respaldado por certificaciones internacionales: IMO/Ecocert avaló tanto sus uvas tintas orgánicas como sus prácticas de comercio justo, reconocidas con el sello “Fair For Life”.
Un lugar para vivir la experiencia
La viña se ubica a solo 40 minutos de Santiago, en Talagante, y hoy ofrece mucho más que vino. Sus amplios jardines y parques son escenario de eventos y matrimonios, mientras que una casa de campo de estilo chileno-español permite alojar a turistas de todo el mundo que buscan una experiencia íntima, rodeada de viñedos y naturaleza.
La leyenda que habita la tierra
Pero Talagante encierra algo más que belleza: encierra una leyenda que se cuenta de generación en generación.
Mucho antes de que los viñedos trazaran las colinas, esta tierra era sagrada para sus primeros habitantes: salvaje, fértil y ferozmente viva. Dicen que, en las noches sin luna, una criatura mitad hombre mitad perro merodea las alturas cercanas al puente de la vía férrea de Talagante, y que sus aullidos resuenan por el valle, amenazantes. Se le conoce como el “Monstruo de Talagante”.
A lo largo de generaciones, esta criatura observó en silencio cómo se drenaba la naturaleza y cómo la pureza se intercambiaba por poder. Y aullaba. Porque no es un villano: es el guardián de la tierra, un espíritu de la tierra misma, maldito por la avaricia de quienes alguna vez intentaron domar y explotar la naturaleza sin preservarla.
Cuando llegó la familia Teillery, hicieron una promesa distinta: cultivar sus uvas de manera sustentable y orgánica, solo con cuidados y manejos naturales, integrados a los ritmos que la propia naturaleza traza. Sin dañar, sin cambiar, sin manipular. Solo con paciencia, respeto y devoción por el ritmo de la tierra. Escucharon la tierra, los vientos, el silencio.
Con los años, el aullido se suavizó. Las vides crecieron fuertes, nutridas con agua pura y cuidados orgánicos, como si contaran con la aprobación de algo invisible. El aire pareció volverse más ligero en las tierras de Teillery, como si el valle entero respirara con más facilidad.
Un pacto entre manos humanas y espíritus ancestrales
Teillery no es solo un viñedo: es un pacto entre manos humanas y espíritus ancestrales, un lazo armónico donde el vino fluye no solo de las uvas, sino del compromiso y la confianza de su gente.
Cada botella de Vino Orgánico Teillery lleva consigo esta historia. Lleva la lluvia de Talagante, la bendición de los cerros y la protección de una criatura que alguna vez lloró lo perdido, pero que hoy custodia lo restaurado.
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